La deuda ecológica

Por metabolismo social se entiende la manera como las sociedades organizan sus intercambios (crecientes, por cierto) de energía y materiales con el entorno (Fischer – Kowalski, 1997; Martínez-Alier, 2009).  Para explicar la compleja dinámica socio-ecológica y los conflictos ambientales son necesarias las herramientas metodológicas y los marcos teóricos de los campos interdisciplinares de la economía ecológica, ecología social, sociología ambiental, ecología industrial, geografía económica y ecología política.

Según la teoría del economista inglés David Ricardo (1772-1823) de la ventaja comparativa, si los países se especializaran en producciones que dependen de aquello que internamente es más abundante (que podrían ser los recursos naturales en vez de la obra cualificada o el capital manufacturado) todos podrían ganar a través del comercio. Hoy en día la relación entre producción y degradación del medio ambiente es clara. Por lo tanto debemos llegar a una nueva perspectiva en el estudio del comercio entre países y regiones. No tenemos porqué llegar a una autosuficiencia regional, ya que según la Ley del Mínimo de Liebig, des de la ecología hay un argumento a favor de la importación de elementos sin los cuáles la producción estaría limitada. Pero desde la visión de la Economía Ecológica, que ve la economía como sistema abierto que depende de la naturaleza para disponer de recursos y “vertederos” o sumideros, se ha impulsado una nueva teoría del intercambio ecológicamente desigual, contraria al liberalismo.

La deuda ecológica es un conflicto económico que abarca muchos conflictos relacionados con el ecologismo de los pobres. Fue gracias a una ONG latinoamericana, el Instituto de Ecología Política de Chile, que en 1990 surgieron las primeras discusiones sobre la deuda ecológica. En la Cumbre de la Tierra de 1992, se introdujo la noción de una deuda ecológica contrapuesta a la deuda (económica) externa.

En el ámbito internacional, la deuda ecológica surge de dos conflictos ecológicos distributivos distintos. Por un lado, los países más pobres (en molts casos amb una gran biocapacidad) exportan materias primas y otros productos a precios que no tienen en cuenta una compensación por las externalidades locales o globales sufridas. Por otro lado, los países más ricos utilizan de manera desproporcionada el espacio y los servicios ambientales (tienen, por tanto, una gran huella ecológica) sin pagar por ellos  y desconociendo (y a su vez negando) los derechos de los demás a esos mismos servicios. Aquellos países que tienen una mayor huella ecológica respecto a su biocapacidad, adquieren una deuda ecológica con algún país “ecocreditor” (figura 1).

Figura 1. Paises con deuda ecológica (en rojo) y paises con crédito ecológico (en verde). Fuente: WWF (2008). Informe planeta vivo. http://assets.wwf.es/downloads/informe_planeta_vivo_2008.pdf

Hay que tener en cuenta que en el intercambio económico el beneficio de un grupo siempre se da a expensas de otro grupo ya existente o de grupos futuros (Hornborg, 2009). Por lo tanto, el intercambio ecológicamente desigual es el hecho de exportar productos de países de regiones pobres sin tener en cuenta las externalidades locales provocadas por estos productos o por el agotamiento de los recursos naturales, a cambio de bienes y servicios de las regiones más ricas y poderosas. Los países pobres destacan por su falta de recursos económicos y de poder político y por lo tanto no tienen opción a exportar bienes con menor impacto local, no pueden obligar a la compensación por las externalidades ni tampoco pueden aplicar el principio de precaución. Además, no pueden frenar la tasa de extracción de recursos ni imponer “retenciones ambientales” o algún otro impuesto por el agotamiento de los recursos. 

La mayoría de países pobres deben encarar una gran deuda económica externa, cosa que hace que se intensifique la sobreexplotación de sus recursos naturales. El volumen de exportaciones crece más rápidamente que su valor económico. La apropiación de recursos y la producción de residuos (que a menudo van a parar a los países más desfavorecidos donde se vierten sin control alguno) resulta en conflictos ecológicos distributivos, que dan lugar al movimiento mundial de Justicia Ambiental que nació hace ya bastante tiempo (Martínez-Alier, 2001).

Figura 2. La relación entre la deuda externa y los recursos naturales se puede expresar en deuda ecológcia.

La dificultad de convertir las externalidades y el deterioro de los recursos naturales  en una medida monetaria (ponerle un precio a los recursos) hace que sea complicado determinar una medida de intercambio ecológicamente desigual. Las externalidades ambientales negativas que surgen de las actividades extractivas se pueden introducir en las cuentas económicas convencionales haciendo la distinción entre el coste marginal social y el privado de la producción o extracción. Pero esta valoración económica dependerá de los ingresos relativos y, de nuevo, de las relaciones de poder. El problema se torna aún más difícil cuando consideramos que estas externalidades pueden alcanzar al futuro (si abogamos por la sostenibilidad, hay que tener en cuenta las generaciones futuras), puesto que  hay que seleccionar una tasa de descuento (ya que el futuro tiene un valor diferente). Pero existe la necesidad de internalizar las externalidades para acercar el coste de extracción al coste social real. Está claro que desde el Sur se exportan cada vez mayores cantidades de materias primas, principalmente para poder pagar la deuda externa del país. Martínez-Alier (2004), en su libro sobre El ecologismo de los pobres se pregunta: ¿cómo lograr un desarrollo alternativo o una alternativa de desarrollo que no se base en el comercio insustentable?

Por lo tanto, el intercambio ecológicamente desigual es una razón que sustenta la reivindicación de la deuda ecológica. La segunda razón es el uso desproporcionado del espacio ambiental (es decir, su huella ecológica) por parte de los países ricos. Uniendo las dos razones y expresando la deuda ecológica en términos monetarios, los componentes principales son los siguientes (Martínez-Alier, 2004):

 * En cuanto al intercambio desigual:

  • Los costes (no pagados) de la reproducción o mantenimiento o gestión sustentable de los recursos naturales: por ejemplo, los nutrientes incorporados en las exportaciones agrícolas.
  • El coste de la futura falta de disponibilidad de los recursos naturales destruidos. Es una cifra difícil de calcular por falta de conocimiento de las reservas, de su sustituibilidad, etc.
  • La compensación o los costes de reparación (no pagados) de los daños provocados por las exportaciones o el valor actual de los daños irreversibles.
  • La cantidad (no pagada) que corresponde al uso comercial de la información y conocimiento sobre los recursos genéticos, cuando estos hayan sido apropiados gratis.

 * En relación a la Falta de Pago por Servicios Ambientales o por el Uso Desproporcionado del Espacio Ambiental:

  • Los costes (no pagados) de reparación o compensación por los impactos causados por la importación por parte de los países más pobres de desechos tóxicos líquidos o sólidos.
  • Los costes (no pagados) de la producción gratuita de los residuos gaseosos (dióxido de carbono, CFC, etc.).

Figura 3. Tira cómica sobre la deuda ecológica. Fuente: Throbgoblins International (12/04/2009). Elective Deafness. http://climatechangeaction.blogspot.com.es/2009_04_01_archive.html

A parte del problema de la monetarizació de la naturaleza, la objeción principal al concepto de deuda ecológica es que no surge de un contrato. Por lo tanto, como es una deuda no reconocida, no existe. 

Lo que está claro es que el modelo de desarrollo y de relaciones comerciales actuales (así como los niveles de extracción de recursos naturales y consumo) no son ni justos ni sostenibles. Y, aunque a muchos no guste, quizá vaya siendo hora de plantearse una nueva forma de vida menos voluptuosa pero más solidaria y justa.

REFERENCIAS

Fischer-Kowalski, F., Haberl, H. (Eds.) (2007). Socioecological transitions and global change. Trajectories of social metabolism and land use. E. Elgar, Cheltenham.

Hornborg, A. (2009). Zero-sum world: challenges in conceptualizing environmental load displacement and ecologically unequal exchange in the world system. International Journal of Comparative Sociology 50 (3–4), 237–262.

Martínez-Alier, J. (2001). Mining conflicts, environmental justice, and valuation. Journal of Hazardous Materials 86; 153-170.

Martínez-Alier, J. (2004) El ecologismo de los pobres. Conflictos ambientales y lenguajes de valoración. Icaria Ediciones. 2ª edicion (2006).

Martinez-Alier, J. (2009). Social metabolism, ecological distribution conflicts, and languages of valuation. Capitalism Natural Socialism 20 (1), 58–87.

Leave a reply:

Your email address will not be published.

Site Footer