Fotografía 1: Detalle de fachada en Palma, Mallorca. Fuente: elaboración propia.

La sociedad industrial de la que formamos parte como elementos activos, ha creado un pensamiento de consumo para mantener un crecimiento continuado. Junto a la visión que se tiene de la energía como instrumento de desarrollo económico inherente al bienestar (Castells, 2012, pág 132), se establece la relación causal por la que un aumento de este último indudablemente viene en función del gasto energético. Un ejemplo lo encontramos cuando los medios de comunicación notifican con alegría o tristeza un aumento o disminución del consumo energético; ya sea en el ámbito de energía primaria como los hidrocarburos, como con energía de tipo secundario como la electricidad. Un mayor uso energético no tiene por qué ser consecuencia efectiva de un mayor crecimiento económico, aunque la percepción de una provisión del suministro energético seguro y estable a largo plazo está muy relacionada con el mismo comportamiento en materia económica. La dicotomía entre crecimiento y desarrollo.

Es difícil la utilización racional del consumo energético cuando se producen ciclos expansivos de la economía, ya que estos ciclos van normalmente ligados a los precios de las materias primeras energéticas. Según el concepto del paradigma tradicional industrial de producción en masa, ésta se fundamenta en la energía barata y abundante, mientras que en el nuevo modelo productivo ganan peso los inputs baratos pero de información y conocimientos, a causa de los avances tecnológicos y científicos (Berumen, et al., 2008, pág 49). La eficiencia energética en la actividad productiva, entonces, es primordial con tal de encaminarse hacia un modelo de valor añadido creciente donde los costes derivados del consumo de energía no sean factores limitantes. La gran dificultad técnica pero sobre todo voluntaria de un cambio y mejora global del modelo de sociedad industrial, entra en la discusión del método que tiene el poder económico para establecer equilibrios. Valorar las repercusiones socioeconómicas de la disponibilidad de energía a un coste razonable, entra con la afectación de la calidad de vida de las generaciones presentes y futuras, por lo que se convierte en una cuestión ética (Sancho, et al., 2006, pág 126).

Las mejoras de ahorro energético aplicadas en los hogares son importantes para llegar a niveles de gasto soportables, pero también condiciones agradables de confort dignas tanto térmicas como de iluminación y aparatos domésticos. Los requisitos energéticos no únicamente son patrimonio de los grandes procesos industriales. Por ejemplo, sólo el 6% de los puntos de suministro tienen contratada una potencia mayor que 10 kW, eso es con acceso a tarifa TUR fijada por el Gobierno español; y representan el 70% de la demanda eléctrica (CNMC, septiembre 2013). El resto, el 94% de los puntos de consumo, podemos decir responden a una demanda doméstica.

Las disfunciones en el mantenimiento de parámetros básicos de comodidad resultado del gasto energético, plantean la derivada social de la calidad energética que se utiliza en las viviendas. En cuestión a esto, indicadores como la tasa de pobreza energética muestra la proporción de hogares que padecen incapacidad para obtener una cantidad de servicios energéticos equivalente a un 10% de la renta familiar disponible (Boardman, 2013, pág 22). Según un estudio sobre esta temática, el año 2010 esta tasa era superior al 12% del número de hogares en el Estado español (ACA, 2012). Por otro lado, el 2012 una cuarta parte de las familias (un 18% en Islas Baleares) tuvieron un presupuesto mensual menor a 1.000€ y mostraron un gasto global medio también mensual de 1.300€ (INE). En el gráfico 1 se puede observar que el coste de media en servicios energéticos por hogar ha aumentado un 47% en seis años, así como un encarecimiento del 75% de la tarifa eléctrica en siete años. La proporción de la parte eléctrica ha ido a más dentro del gasto total. Además, la desigualdad salarial en el Estado se ha incrementado un 33% en el periodo 2007-2012 (INE). Estos datos son la parte más cruda y cercana al ciudadano de la cuestión energética. Afloran un problema que desgraciadamente adquiere más fuerza como realidad y que tiene como principales causas los bajos ingresos, la mala calidad de la vivienda y el elevado precio de la energía (EPEE). Es un indicador del riesgo de pobreza y exclusión que muchas veces es la última expresión de un conjunto de necesidades relacionadas con el acceso a la vivienda, la sanidad o la educación.

graf1Gráfico 1: Evolución anual del gasto medio mensual en electricidad, gas y otros combustibles para familias con ingresos de hasta 999€. Juntamente se muestra la tendencia trimestral sólo la parte TUR en la facturación eléctrica, sobre energía y potencia contratada, con el IVA correspondiente. Se ha escogido como ejemplo una vivienda con consumo de 100kWh y 4,4kW de potencia. Fuente: INE e INEGA. Elaboración propia.

La certificación energética de edificios existentes en España persigue dar transposición, aunque tarde, a las directivas europeas sobre establecimiento de un procedimiento de valoración según el consumo energético de los edificios o partes de los mismos. El Real Decreto 235/2013 regula este procedimiento en caso de compraventa o alquiler de vivienda. Como con lavadoras o neveras se debe presentar una letra, en una escala de la A como mejor valor hasta la G como peor, según las emisiones de CO2 asociadas y en relación a unos cálculos de consumo estándar. En la figura 1 tenemos un ejemplo de calificación. En una noticia sobre un estudio de una compañía de alquiler, el 55% de las viviendas certificadas tienen como calificación una E, y 29% una D; cuarta y quinta menos buenas. El IDAE indica el consumo medio de energía en calefacción, ventilación, refrigeración y agua caliente en 109 kWh/m2 anual, unos 71 kgCO2/m2. Respecto al precio de la energía, estamos padeciendo paradas en diversas industrias por este motivo y subidas previstas en el mismo precio de la electricidad para el próximo trimestre. La factura eléctrica de una vivienda ejemplo hoy, diciembre de 2013, con un consumo de 100 kWh y 4,4kW de potencia, en un mes debe afrontar 34,19€.

certFigura 1: Ejemplo resultado de calificación energética para una vivienda. Fuente: programario CE3X para expedir la certificación energética simplificada para edificios existentes.

Actualmente el concepto de eficiencia energética está muy presente y recibe mucha atención, a diferencia del de calidad (Castells, 2012, pág 980). Esta calidad, pero, no sucede sólo en el contexto del proceso de conversión energética, sino que la calidad tiene que transcender a todas las facetas. En primer lugar se debería redefinir lo que se entiende como calidad. Las necesidades básicas pueden ser un criterio, a partir de una visión tradicional, del bienestar como capacidad personal para satisfacer sus necesidades materiales básicas (Brook, et al. 2000, pág 35). Esta discusión puede plantearse también a nivel nutricional alrededor de un mínimo de 2.180 kcal, como la cuota de gasto energético diaria consumida por el metabolismo basal del cuerpo (Arteaga, et al., 2005, pág 54), la energía mínima que necesitamos para funcionar. Empero, el tema es el de una renta básica de energía exosomática, es decir la utilizada fuera del propio cuerpo, y formas de caracterizarla en función del bienestar o la felicidad.

Encontramos como indicador monetario la cuota de ingresos del hogar dedicada a energía (Brook, et al., 2000, pág 36). En la definición de pobreza energética comentada con anterioridad se expone un 10% de este ingreso total como lindar. En cuanto a indicadores no monetarios, tenemos la evaluación de los efectos directos sobre salud, como es el caso de problemas respiratorios por la utilización de estufas ineficientes, y sobre la educación, como el nivel de capacidad lectora y comprensiva por la incorrecta luminosidad en el lugar de estudio (Brook, et al., 2000, pág 36). Vectores de rentabilidad energética, social, económica y ambiental para determinar el déficit o superávit de los requisitos energéticos.

Las críticas desde sectores sociales y ambientales a los actuales indicadores económicos que rigen las actividades públicas, con el Producto Interior Bruto (PIB) como su máximo exponente, dan importancia a la necesidad de un cambio perceptivo. Un cambio de políticas hacia un concepto real de sostenibilidad que sea parte y no exclusivamente supervise la actividad económica, e integre el análisis de sus vertientes medioambientales y sociales. Por eso es requerido introducir los recursos naturales en los referentes macroeconómicos así como la depreciación y deterioro del medio ambiente derivados de los procesos productivos (Jardón, 1995, pág 106), como de igual manera valorar los aspectos de calidad y repercusión en el bienestar de las personas también en las formas de producir y consumir energía. Entre otras opciones, hoy existen compañías y cooperativas en el ámbito energético de origen renovable que plantean estos aspectos a la hora de ofrecer sus servicios.

Una de las propuestas más destacables que actualmente ponen el tema en un entorno internacional, es la conceptual económica del bien común (Felber, 2012, pág 18). Ésta persigue enaltecer los valores como la honestidad y la cooperación, dar sentido al espíritu de las constituciones nacionales, y cambiar el análisis económico basado en unidades monetarias por la verdadera utilidad social que éstas proporcionan. En este sentido, la Comisión Europea entre otras instituciones ha planteado escenarios que reflejan la interacción entre crecimiento económico, consumo de energía, eficiencia e intensidad energética, precios de la energía, rehabilitación, como también el nivel de protección medioambiental (Sancho, et al., 2006, pág 74). Ahora bien, aun siendo cada vez más relevante la necesidad integradora en cuestiones de economía tradicional, es también evidente que la demanda social señala no verse reflejada en las decisiones y materialización de las políticas en materia energética por parte de las administraciones públicas.

Antoni María Siquier (@siquiertoni)

Bibliografía

Asociación de Ciencias Ambientales (ACA) [http://www.cienciasambientales.org.es/]

Arteaga, B. Solís, S. (2005) Necesidades sociales y desarrollo humano: un acercamiento metodológico. UNAM. Berumen, S.A.

Arriaza, K. (2008) Evolución y desarrollo de las TIC en la economía del conocimento. Ecobook.

Boardman, B. (2013) Fixing Fuel Poverty: Challenges and Solucions. Routledge.

Brook, P. Smith, S. (2000) Energy services for the World’s Poor: energy and development report 2000. World Bank Publications.

Castells, X.E. (2012) Aspectos medioambientales y demográficos relacionados con la Energía: Energía, Agua, Medioambiente, territorialidad y Sostenibilidad. Ediciones Díaz de Santos.

Castells, X.E. García, J. Gayà J. (2012) Impactos ambientales y energía: Tratamiento y valorización energética de residuos. Ediciones Díaz de Santos.

Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia (CNMC) [http://www.cnmc.es/]

Europa Press, diario digital de noticias [http://www.europapress.es/economia/energia-00341/noticia-economia-energia-industria-ya-detenido-21-plantas-precio-electricidad-aege-20131211153631.html]

European Fuel Poverty and Energy Efficency (EPEE) [http://www.fuel-poverty.org/]

Felber, C. (2012) La economía del bien común. Deusto.

Idealista, noticias y opiniones sobre el mercado de la vivienda [http://www.idealista.com/news/archivo/2013/09/25/0667725-suspenso-para-la-mayoria-de-las-viviendas-en-espana-por-su-ineficiencia-energetica]

Instituto Enerxético de Galicia (INEGA) [http://www.inega.es/]

Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) [http://www.idae.es/]

Instituto Nacional de Estadística (INE) [http://www.ine.es/]

Jardón, J.J. (1995) Energía y medio ambiente: una perspectiva económica y social. Plaza y Valdés Editores.

Sancho, J. Miró, R. Gallardo, S. (2006) Gestión de la energía. Edicions de la Universitat Politècnica de València.

Published by Antoni Maria Siquier Salva

36 thoughts on “Sobre crecimiento, energía y bienestar

Deja un comentario